AHÍ ESTABA LA DANZA
Magy Ganiko estrenó anoche El cuerpo de las mutaciones. Danza Butoh e I Ching. Coreografía y experiencia en sí. Para los siete bailarines (y el bicho mecánico Lex) que ponen el cuerpo dentro del escenario y para los 80 atónitos que nos apretujamos en las gradas. Todos en busca o a la espera de algo que ya estaba, no bien empezamos a dejarnos llevar por letras y símbolos proyectados en las tres paredes negras y por los estertores sonoros que quebraban los estándares armónicos en nuestros oídos internos.
Y los actores, apenas con slips y a salir de sus equilibrios habituales y ponerse al traducir las pulsiones emergentes con sus movimientos más primales/primordiales. En ninguno, durante la hora diez que duró la obra, hubo un movimiento habitual de piernas, pies, brazos, manos, torsos, cinturas, cuellos, facialidades…
Parecía que sus músculos y articulaciones estuviesen recorriendo todos los verbos e idea-acciones posibles que se les pudieran aplicar: empujar, retorcer, temblar, comprimir, estirar, desequilibrar, revertir, desconectar, inesperar, y un etc interminable de nunca repetir el mismo gesto… y así liberar otras vidas, otras sensibilidades, otros personajes, otras animalidades en ellos. Arrastrarse, saltar, descuajeringar, revolear, desincronizarse… Y así.
En el tercer cuadro, cuando parecía que ya nada más podía agregarse al dúo de insectos que se orbitan, olfatean, seducen/repelen, exaltan hasta fundirse e inseminarse, la compañía fue más lejos. Siguió ofreciendo contorsiones y desplazamientos que, sin texto, acompañaron distintos momentos/procesos de una progresión. Hasta mutar o morir.

Entre los siete gusanos que había bajo caparazones de plástico al comienzo y la joi de être grupal de cierre, ninguno de los que estábamos en la sala pudo respirar. Nos estaban contando una historia no de ellos. Propia: del que somos sin atrevernos a ponerle el cuerpo. Ni siquiera bailarlo, como ellos.
A la salida le pregunté a Magy si ese sinfín de movimientos y gestos era la interpretación de una coreografía o creación ipsopucho de cada uno. Con una sonrisa de niño superado por su obra me respondió fifty fifty.
Al volver, Pablo, un alumno de Magy, me contó cómo trabajaba en algunas de sus clases: les leía un texto detonador, Deleuze, Quignard, o de algún poeta japonés, les pedía que escribieran sobre sus antinomias y después, al leer sus escritos, que extrayeran todos los verbos y les dieran vida con el cuerpo. Más que un método, una detonación.
De las palabras y gritos sobrantes extrajo las bases para la música. Y a la banda sonora le dio el mismo tratamiento que a los siete intérpretes: la exprimó hasta sacarle la última resonancia emocional.
Si esta obra se hubiera puesto en cualquier sucucho de Berlín, NY o París, estaría cabalgando vanguardia como lo hicieron a su hora Pina Bauch, Grotowski o Lindsay Kemp. Estamos en Argentina, los seis meses de trabajo previo se hicieron a puro pulmón. Quizás eso, y por la idiosincrasia que tiene Magy para entrar en las zonas oscuras de las memorias existenciales/musculares, la puesta logra tanto devenir poético. Tanta sintonía con la desnudez cuerpo adentro. JUAN CARLOS KREIMER, 8 de mayo 2026.


Funciones viernes de mayo a las 22h. En Aérea Teatro, Bmé Mitre 4272, CABA

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